El jardín interior

Víctor Alejandro Polanco Frías
El Estratega

A muchos de nosotros nos cuesta trabajo hacer contacto con nuestra “interioridad”.  Dependiendo de nuestras creencias, cultura, educación o formación profesional la solemos llamar alma, espíritu, mente, yo, esencia, voluntad, microcosmos, ego o identidad.

Aunque cada uno de los términos mencionados cuenta con su propio origen, carácter, funciones y especificidad, lo cierto es que cuando recurrimos a ellos no sabemos a ciencia cierta a qué nos referimos.

¿Está el alma en el interior de nuestro cuerpo? ¿Es nuestro espíritu una chispa divina, o el hálito del creador? ¿En verdad puedo confiar en que mi “Yo” o “Ego” es la parte más auténtica de mi ser? ¿Cómo puedo conocer mi verdadera esencia? ¿Qué es innato y qué es aprendido…?

Lo cierto es que  estas y una lista sin fin de preguntas nos asaltan cuando intentamos hacer contacto con nuestro mundo interior. Cuando, aventura inaudita, dejamos a un lado nuestra existencia cotidiana, hacemos silencio e intentamos limpiar, fortalecer o establecer un lazo, un vínculo, una relación, una negociación, un diálogo o una lucha con “eso” o “ese” que, así lo creemos, habita el interior.

Dependiendo de la concepción, idea, imagen o metáfora que seleccionemos, podemos representarnos ese espacio, lugar, dimensión o Ser como un templo, un campo de batalla entre fuerzas opuestas, un mecanismo, un hogar, una entidad, un almacén, un intruso, un sistema, una concatenación de funciones cognitivas, el producto emergente de nuestra experiencia vital, una herencia…  o todo junto, y nada a la vez.

En lo personal, a mí me gusta representarme mi interioridad como si se tratase de un jardín. Esta metáfora, además de hermosa, pacífica y solar, me da la oportunidad de entender que dentro de mí existe una tierra que, para ser fértil, deberá ser labrada, regada, desbrozada y abonada. En ese terruño se alojan los nutrientes indispensables para que con trabajo y cuidado puedan florecer las infinitas posibilidades existenciales que, como semillas, se alojan en mi Ser.

Además, me ayuda a comprender que necesito del sol, del cielo, del día y de la noche; de la luna y de las estrellas; del viento, de la lluvia y de las estaciones para poder existir. En otras palabras, me muestra que ese espacio interior no es independiente del mundo y el universo, y que los necesita para poder alcanzar todo su potencial.

También me hace volverme atento a la regularidad de los ciclos y las estaciones; haciéndome tener en claro que existen momentos para la siembra, el cuidado, la cosecha y el descanso o reestablecimiento. Que nuestro espíritu, como la Tierra, está sujeto a los ciclos de la luna y al potencial manifestador del tiempo. Que nada viene a la existencia si no existe una semilla, y que el hecho de que exista no asegura que llegue a fructificar.

Mi Jardín Interior me vuelve sensible con respecto al trabajo que diariamente debo destinar para arrancar las malas hierbas y combatir las plagas. Puesto que, si lo dejo abandonado, las venenosas hiedras, los cardos y las langostas terminarán por asfixiar y devorar mis energías, mis sueños, mis esperanzas y mi vida. Transformando mi interior en un interminable desierto, en una tierra baldía y en un paraje tristemente desolado.

Quien tiene o disfruta regularmente de un jardín sabe que una parte esencial de su belleza, exuberancia y riqueza depende de la variedad y el orden. Por lo tanto, es necesario que consideremos y sopesemos con parsimonia, paciencia y cariño cuáles son las flores, los árboles frutales, los vegetales y las especias que deseamos plantar en nuestra alma. Cuáles los conocimientos, las artes, las actividades, los intereses y las diversiones que, como alegres margaritas, no pueden dejar de poblar nuestras horas.

Cada especie requiere su espacio y demanda condiciones particulares para sobrevivir. Algunas, como el girasol, y la espiritualidad, estarán siempre atentas a los tránsitos solares y se nutrirán, ávidamente, con cada mínimo vestigio de luz.  Otras, como el silencio y la paz, precisarán de sombra, viento y humedad.  Algunas manifestarán su mayor belleza durante las noches de luna, y existirán plantas hermosas que florecerán una sola vez.

Para cuidar nuestra alma, deberemos barbechar y abonar la tierra. Esto es, nuestro cuerpo, nuestras sensaciones y emociones. Nutrirnos con caricias, sabores, olores y alegrías. Todo en su tiempo y en su justa medida, porque los excesos, de la misma manera que las carencias, terminarán por quebrantar los nuevos brotes.  Hay, pues, que meter las manos a la tierra. Llenarnos de lodo, abono y humedad. Porque como lo demuestran los jardines, hasta el excremento, adecuadamente transformado, puede terminar por hacer más hermosa nuestra alma y nuestra vida.

Pero un jardín también es un lugar en el cuál podemos estar. Más aún, es un lugar agradable y fresco, hermoso, aromático y colorido, pacífico y alentador. Es un espacio para el gozo, la reflexión, el paseo, el descanso, el juego y, ciertamente, para el amor.

A mis grandes amores los dejo habitar mi jardín, como hadas, elfos o nomos. Como laboriosas abejas, iridiscentes colibríes o afanosos escarabajos. Cada uno habita, comparte y realiza una importante función en mi jardín interior. Y mi jardín estaría incompleto y triste si alguno de ellos no me viniera a acompañar.

Cuando medito, o antes de dormir, me transporto a mi jardín interior. Ahí, me tiendo sobre el césped y miro las estrellas. Me siento cómodo y completo en y conmigo mismo. Lleno de vida y múltiple como los seres que, bajo la forma de relaciones, recuerdos o fantasías, me habitan.

En las noches sin luna, de pronto me entra un frío intenso. Es la tierra que me llama y me recuerda que algún día habré de morir. Entonces tiemblo, miro mi jardín y me duele tener que perderlo. Ya no Ser y estar en y con él. En esas noches oscuras apenas soy una sombra entre las sombras.

Y entonces mi jardín me enseña que yo soy la planta, el árbol, el fruto, el vegetal, la espiga y la simiente de otros jardines. Que mi tierra habrá de alimentar otras flores. Que el aroma de mis especias habrá de encantar y enamorar a otros corazones. Que en la abeja, en el gusano y en la pequeña catarina encontraré otras formas de habitar el mundo. Que seré viento y lluvia y sol y noche…

Me enseña cariñosa, sabia, armoniosamente, que en el ciclo de la existencia, yo soy sólo un año, una estación y la flor de un día. Y que el sentido profundo de mi existencia consiste en realizar toda mi belleza, mi capacidad de nutrir, compartir y ser uno con el jardín del creador…

No sé si es el canto de la fuente o Su Voz la que me llama en este momento… sólo se que el viento me trae una nostalgia y una esperanza tan cálidas como incomprensibles… sólo sé que en este preciso momento siento una mano que con un cariño infinito me cuida, me procura y ha querido hacer florecer mi vida en este tiempo y en este lugar…

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