Acerca de Vpelestratega

Especializado en psicología de masas, imagen pública, redes sociales y empoderamiento ciudadano. Ha sido Asesor Externo de 6 Gobiernos Municipales en el Estado de México, México. En el 2010 asesoró al Gobernador saliente del Estado de Durango. También ha participado en la formación ética de autoridades y funcionarios pertenecientes a los 113 municipios que integran el estado de Michoacán y a los 221 municipios del Ecuador. En 2011 se ha desempeñado como Consultor Internacional en Comunicación Política; prestando sus servicios a la Alcaldía de Cuenca, Ecuador. Como expositor y conferencista se ha presentado en prestigiosas universidades de América Latina.

La disciplina del guerrero

Cita

“La disciplina, tal como la entiende un guerrero, es creativa, abierta y produce libertad. Es la capacidad de encarar a lo desconocido, transformando la sensación de saber en asombro reverente; de plantearnos objetivos que excedan el alcance de nuestros hábitos y atrevernos a enfrentar la única guerra que vale la pena, la del conocimiento. Es el valor para aceptar las consecuencias de nuestras acciones, sean las que sean, sin sentimientos de autocompasión o culpa.”

Carlos Castaneda. En: Torres, Armando. Encuentros con el nagual. Conversaciones con Carlos Castaneda. Editorial Alba, México, 2002, p. 43

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Despaciosidad

Víctor Alejandro Polanco Frías
El Estratega

Quién no es dueño de su tiempo, no es dueño de su libertad. Esta sencilla frase tiene un descomunal potencial subversivo, porque sitúa al que la escucha en el centro mismo de una de las mayores encrucijadas existenciales a las que nos enfrentamos los seres efímeros: la brevedad de la vida y el misterio de la muerte.

Para alguien que lleva más de 20 años navegando en una temporalidad paralela a la común, resulta relativamente fácil tomar este proyectil y lanzarlo al corazón de quienes han entregado su tiempo, de lunes a sábado, de enero a diciembre, del alba al ocaso,  a una empresa, a una institución, a una organización civil, al vértigo de la ciudad…

tiempo-vuelaEl término es justo: “entregar el tiempo”. Que, de acuerdo con la frase que abre esta conversación, equivale –en verdad siento mucho decirles esto-, a entregar la libertad. Con el tiempo y la libertad se van, también, la energía, los sueños, el sentido y las mismísimas ganas de vivir. La existencia es experimentada como el vertiginoso y repetitivo descenso por un insólito tobogán, que habrá de terminar, lo tengamos en cuenta o no, con nuestra muerte.

A mí muchas veces me acusan de perder el tiempo. No obstante, lo que en realidad hago –auténtico ejercicio espiritual-, es encontrarlo. Para poder practicar este arte, lo primero que debe hacer uno es darse cuenta de que todo lo que somos es una incierta suma de instantes. Y que cada vez que entregamos uno de esos instantes a nuestro trabajo, a las compras, a salir de casa o a mirar la televisión, estamos haciendo una inversión que no regresará jamás. En cada instante se nos va la vida y, de hecho, cada instante puede ser el último, el definitivo, en que la vida, nuestra vida, termine, irremediablemente, por agotarse.

De la misma manera, cada instante que le regalamos a la frustración, al enojo, a la depresión, al miedo, a la envidia o a la discordia, es un lapso gastado en vano. Es una resta en la experiencia y, ciertamente, en la vida.

Cada vez que nos arrepentimos; de hecho matamos al tiempo vivido. Cada vez que nos petrificamos; asfixiamos al tiempo que vendrá. Cada vez que no estamos atentos; perdemos la pequeña ventana que conduce al ser. La pequeña ventana por donde podrían tomarnos por venturoso asalto todas las maravillas.

Una característica del tiempo es su fluir. El agua de la vida que inevitablemente se escurre entre nuestras manos. No podemos pensar en acumularlo, pues tal empresa sería tan inútil como insensata.

Si reparamos en la relación que establecemos con las cosas que fluyen, por ejemplo los elementos, nos daremos cuenta de que nos informan de su paso a través de sensaciones. El viento y el agua nos acarician. El fuego y la tierra dejan las rutas de su transitar grabadas sobre nuestra piel.

Lo mismo hace el tiempo en su fluir, aunque pocas veces tengamos la atención necesaria para notarlo. Esas arrugas que tanto tememos, las heridas que secretamente padece nuestra alma, las alegrías que desearíamos volver eternas, las memorias, la destreza, la sabiduría acumulada y la forma como miramos al mundo son, todas, hijas del tiempo. Están hechas de tiempo y no habrán de durar.

El tiempo, como los elementos, nos informa de su paso a través de sensaciones, emociones, ideas, creencias, esperanzas e intensidad. Transforma nuestro cuerpo y nuestra conducta. Deja su tinta sobre nuestros afectos y pasiones. Deja la estela de nuestro transitar en el paisaje, en los espacios, en la memoria y en los corazones.

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Una manera sabia de tratar con el tiempo es la despaciosidad. Actitud o disposición de ánimo que rebasa por mucho el empeño por vivir en forma lenta. Por curarnos del vértigo. Por salir del ritmo impuesto por nuestra desquiciada ciudad.

La despaciosidad se finca en el establecimiento de un lazo erótico con la existencia. Un vínculo mágico de amor con la vida. Una relación íntima y profunda con cada momento.

Ahí donde los demás sólo alcanzan a ver a alguien que come despacio, que camina lento, que se entretiene con el sabor de cada palabra, ahí, justo ahí, lo que sucede es una silenciosa historia de amor con la vida. Una historia llena de caricias que se entretienen, se estiran, se distienden. Una historia llena de intensidad y sabor. Una historia llena…

La despaciosidad es una red que nos permite, por instantes, experimentar la eternidad. Un tipo de eternidad que no se extiende longitudinalmente, sino existencialmente. Es la eternidad de lo intenso, de lo vibrante, de lo pleno.

Quien vive de prisa, frenético, apenas si registra desgarres de vivencia. Sus horas se ven consumidas por la ira o la tristeza, por discusiones y componendas infinitas. Por anhelos y deseos que nadie sabe de dónde vinieron, pero que, ciertamente, no los dejarán de fastidiar. En cambio, quien vive con despaciosidad acumula dimensiones de experiencia; que multiplican la profundidad y la intensidad de sus vivencias.

Si bebe un vaso con agua, no solamente satisface su sed; sino que se deleita con el color y la temperatura del recipiente. Presta atención a la música de las gotas;  siente el avance del frescor desde la lengua y hasta el centro mismo de su ser. Agradece tiernamente a la mano que le regala la bebida, y reconoce que ese es un vaso de agua único, hermoso, milagroso y ciertamente infinito.

Quien practica la despaciosidad se fascina con la manera en que camina la dueña de sus días. Deja que sus ojos vuelen con el vuelo de su vestido. Y mustio, permite que los ojos de su imaginación vuelen aun más lejos… Podría, lo sé de cierto, dar cuenta del largo y la suavidad de cada uno de sus cabellos. Remplaza el oxígeno por fragancia y aliento, por el aroma único de su espalda. Remoja sus labios y deja que la integridad de su ser, la totalidad de sus años, la multiplicación exponencial de los instantes intensamente vividos la besen por primera y última vez… una vez más.

Vivir despaciosamente es un arte de detalles, de tiento, de finura, de gusto, de minucia, de elegancia, de ritmo, de suavidad, de apertura, de curiosidad, de búsqueda, de imaginación, de filigrana, de inocencia, de juego, de ternura, de atención, de darse completa, intensamente y si reservas a la vida.

Toma un libro. Entretén tu mirada en su portada, acaricia sus páginas, embriágate con su aroma. Deja que tu alma ande lento por sus paisajes. Permite que se quede extasiada en esa frase, en esa imagen, en esa verdad. Mira como esa verdad la lleva fuera de este mundo, hasta los confines mismos del universo. Y atada al hilo de sus significados, de sus aprendizajes y agniciones, pídele que traiga consigo las nuevas constelaciones que habrán de iluminar la  bóveda de tus días.

Platica con el autor. Discute con él. Acuerda, conócelo, hazlo tu amigo, tu confidente, tu médico, tu guía, tu compañero de viaje. Deja que sus años y experiencias se sumen a los tuyos. Pronto te verás, gigante, con miles de años de edad, entre niños, a quienes tratarás tierna y comprensivamente.

Bebe un poco de café. Siente su calor, la forma en que se agarra a tu lengua. Paladéalo. Recíbelo poco a poco en tu garganta, en tu estómago. Levanta el rostro y sonríele a la persona con la que charlas. Mira la luz de sus ojos y el trabajo con que te comparte el sentir de su alma.

Escucha al viento, vuela hacia los árboles, respira… respira hondo para llenarte de infinito. Respira hondo mientras reconoces lo tristes que se ven esas pobres almas sombrías, que no saben, que no pueden, que no logran permanecer por mucho tiempo en sí mismas, en un solo lugar.

Si cocinas, concentra toda tu atención en cada movimiento. Sin prisa, sin premura, con cuidados infinitos. Conviértete en presencia pura. Escucha, huele, prueba, siente, recuerda y pon tu magia en cada condimento. Piensa que preparas la más deliciosa de las caricias, el beso más largo, dulce y picante… Date cuenta de que más que cocinar, haces el amor contigo mismo y con lo seres amados a quienes les entregas el producto más refinado de tu existencia.

Cada momento es un momento que puede ser intensamente vivido…  que puede ser recuperado. Invierte el orden de las cosas, ahora sé tú quien le robe tiempo al trabajo cotidiano. Hazlo tuyo al habitarlo con alegría. Conviértelo en realización, fortalecimiento, juego, gozo, satisfacción. Aun puedes elegir disfrutar lenta, parsimoniosamente, cada actividad. Ir más allá de las máscaras. Reconocer que tienes el poder y el valor necesarios para darle tus horas a tu más íntima vocación. Que no estás atado a un puesto, a una jerarquía, a un salario. Que no te definen ni el reloj, ni la eficiencia, ni los plazos fatales.  Que las emergencias y las prisas casi siempre son de otros, y que sólo si las haces tuyas serán capaces de devorar despiadadamente tus horas, tu libertad y tu vida.

La presencia, el famoso “aquí y ahora”, no es un estado de rezo o solemne comunión con la divinidad. No. Es una apasionada compenetración con todo lo que te rodea. Es un sentir y un ser al máximo. Es un darse y un nutrirse. Un amar y ser amado.

El arte de la despaciosidad es una vía franca al desarrollo espiritual, porque es capaz de permitirnos restablecer el contacto con ese gran mundo que nos nutre, traspasa y rodea.

Ahora, detente, reduce el ritmo, vuelve a acompasarte con tu corazón. Respira hondo. Cierra los ojos. Pon tus manos sobre tu pecho. Siente tu temperatura. Repliega toda tu energía al interior y reconoce, aunque sea por un solo instante, que vives.

Reconoce que Dios nos habla todo el tiempo, despaciosamente y desde el silencio, a través de la Belleza.

El jardín interior

Víctor Alejandro Polanco Frías
El Estratega

A muchos de nosotros nos cuesta trabajo hacer contacto con nuestra “interioridad”.  Dependiendo de nuestras creencias, cultura, educación o formación profesional la solemos llamar alma, espíritu, mente, yo, esencia, voluntad, microcosmos, ego o identidad.

Aunque cada uno de los términos mencionados cuenta con su propio origen, carácter, funciones y especificidad, lo cierto es que cuando recurrimos a ellos no sabemos a ciencia cierta a qué nos referimos.

¿Está el alma en el interior de nuestro cuerpo? ¿Es nuestro espíritu una chispa divina, o el hálito del creador? ¿En verdad puedo confiar en que mi “Yo” o “Ego” es la parte más auténtica de mi ser? ¿Cómo puedo conocer mi verdadera esencia? ¿Qué es innato y qué es aprendido…?

Lo cierto es que  estas y una lista sin fin de preguntas nos asaltan cuando intentamos hacer contacto con nuestro mundo interior. Cuando, aventura inaudita, dejamos a un lado nuestra existencia cotidiana, hacemos silencio e intentamos limpiar, fortalecer o establecer un lazo, un vínculo, una relación, una negociación, un diálogo o una lucha con “eso” o “ese” que, así lo creemos, habita el interior.

Dependiendo de la concepción, idea, imagen o metáfora que seleccionemos, podemos representarnos ese espacio, lugar, dimensión o Ser como un templo, un campo de batalla entre fuerzas opuestas, un mecanismo, un hogar, una entidad, un almacén, un intruso, un sistema, una concatenación de funciones cognitivas, el producto emergente de nuestra experiencia vital, una herencia…  o todo junto, y nada a la vez.

En lo personal, a mí me gusta representarme mi interioridad como si se tratase de un jardín. Esta metáfora, además de hermosa, pacífica y solar, me da la oportunidad de entender que dentro de mí existe una tierra que, para ser fértil, deberá ser labrada, regada, desbrozada y abonada. En ese terruño se alojan los nutrientes indispensables para que con trabajo y cuidado puedan florecer las infinitas posibilidades existenciales que, como semillas, se alojan en mi Ser.

Además, me ayuda a comprender que necesito del sol, del cielo, del día y de la noche; de la luna y de las estrellas; del viento, de la lluvia y de las estaciones para poder existir. En otras palabras, me muestra que ese espacio interior no es independiente del mundo y el universo, y que los necesita para poder alcanzar todo su potencial.

También me hace volverme atento a la regularidad de los ciclos y las estaciones; haciéndome tener en claro que existen momentos para la siembra, el cuidado, la cosecha y el descanso o reestablecimiento. Que nuestro espíritu, como la Tierra, está sujeto a los ciclos de la luna y al potencial manifestador del tiempo. Que nada viene a la existencia si no existe una semilla, y que el hecho de que exista no asegura que llegue a fructificar.

Mi Jardín Interior me vuelve sensible con respecto al trabajo que diariamente debo destinar para arrancar las malas hierbas y combatir las plagas. Puesto que, si lo dejo abandonado, las venenosas hiedras, los cardos y las langostas terminarán por asfixiar y devorar mis energías, mis sueños, mis esperanzas y mi vida. Transformando mi interior en un interminable desierto, en una tierra baldía y en un paraje tristemente desolado.

Quien tiene o disfruta regularmente de un jardín sabe que una parte esencial de su belleza, exuberancia y riqueza depende de la variedad y el orden. Por lo tanto, es necesario que consideremos y sopesemos con parsimonia, paciencia y cariño cuáles son las flores, los árboles frutales, los vegetales y las especias que deseamos plantar en nuestra alma. Cuáles los conocimientos, las artes, las actividades, los intereses y las diversiones que, como alegres margaritas, no pueden dejar de poblar nuestras horas.

Cada especie requiere su espacio y demanda condiciones particulares para sobrevivir. Algunas, como el girasol, y la espiritualidad, estarán siempre atentas a los tránsitos solares y se nutrirán, ávidamente, con cada mínimo vestigio de luz.  Otras, como el silencio y la paz, precisarán de sombra, viento y humedad.  Algunas manifestarán su mayor belleza durante las noches de luna, y existirán plantas hermosas que florecerán una sola vez.

Para cuidar nuestra alma, deberemos barbechar y abonar la tierra. Esto es, nuestro cuerpo, nuestras sensaciones y emociones. Nutrirnos con caricias, sabores, olores y alegrías. Todo en su tiempo y en su justa medida, porque los excesos, de la misma manera que las carencias, terminarán por quebrantar los nuevos brotes.  Hay, pues, que meter las manos a la tierra. Llenarnos de lodo, abono y humedad. Porque como lo demuestran los jardines, hasta el excremento, adecuadamente transformado, puede terminar por hacer más hermosa nuestra alma y nuestra vida.

Pero un jardín también es un lugar en el cuál podemos estar. Más aún, es un lugar agradable y fresco, hermoso, aromático y colorido, pacífico y alentador. Es un espacio para el gozo, la reflexión, el paseo, el descanso, el juego y, ciertamente, para el amor.

A mis grandes amores los dejo habitar mi jardín, como hadas, elfos o nomos. Como laboriosas abejas, iridiscentes colibríes o afanosos escarabajos. Cada uno habita, comparte y realiza una importante función en mi jardín interior. Y mi jardín estaría incompleto y triste si alguno de ellos no me viniera a acompañar.

Cuando medito, o antes de dormir, me transporto a mi jardín interior. Ahí, me tiendo sobre el césped y miro las estrellas. Me siento cómodo y completo en y conmigo mismo. Lleno de vida y múltiple como los seres que, bajo la forma de relaciones, recuerdos o fantasías, me habitan.

En las noches sin luna, de pronto me entra un frío intenso. Es la tierra que me llama y me recuerda que algún día habré de morir. Entonces tiemblo, miro mi jardín y me duele tener que perderlo. Ya no Ser y estar en y con él. En esas noches oscuras apenas soy una sombra entre las sombras.

Y entonces mi jardín me enseña que yo soy la planta, el árbol, el fruto, el vegetal, la espiga y la simiente de otros jardines. Que mi tierra habrá de alimentar otras flores. Que el aroma de mis especias habrá de encantar y enamorar a otros corazones. Que en la abeja, en el gusano y en la pequeña catarina encontraré otras formas de habitar el mundo. Que seré viento y lluvia y sol y noche…

Me enseña cariñosa, sabia, armoniosamente, que en el ciclo de la existencia, yo soy sólo un año, una estación y la flor de un día. Y que el sentido profundo de mi existencia consiste en realizar toda mi belleza, mi capacidad de nutrir, compartir y ser uno con el jardín del creador…

No sé si es el canto de la fuente o Su Voz la que me llama en este momento… sólo se que el viento me trae una nostalgia y una esperanza tan cálidas como incomprensibles… sólo sé que en este preciso momento siento una mano que con un cariño infinito me cuida, me procura y ha querido hacer florecer mi vida en este tiempo y en este lugar…

La muerte, el llanto y el filósofo…

Víctor Alejandro Polanco Frías
El Estratega

Pocas cosas en la vida son tan sobrecogedoras como la muerte… Pocas cosas en la muerte son tan sobrecogedoras como la vida…

Recordamos velorios familiares, tumbas abandonadas y fotos terribles en los diarios amarillos…

Pero nada te prepara para encontrar, derramada en las escaleras de tu hogar, la muerte misma que se ha hecho sangre, veladoras, silencio…

Un silencio profundo, una visión aterradora, un detenerse del tiempo, un implotar del espacio…

Y ahí está, sangre cuajada y negra, confrontándote… La noche del ser, el último aliento, el sordo lamento de quien se fue antes de tiempo, antes de reparar en  que una sombra colgaba de sus pasos…

Nada supe, nada oí, ni gritos ni llantos. Ni el murmullo sobrecogido de los vecinos…  ni las sirenas… ni el lastimero adiós que saben dar los perros…

Pero ese día, a esa hora solar, la muerte me esperaba como novia inquieta, como maestro aplicado, como revelación y enigma…

No, nada pudo prepararme para ver su crudo rostro bermejo… Nada pudo prepararme, porque en el momento mismo en que supe su presencia,un bebé recién nacido profirió el más agónico, el más vital grito de vida y guerra…

Y no supe más de mí, porque el tiempo se volvió tremor… porque las piernas me flaqueron, porque una corriente eléctrica recorrió mi espina, desde los talones a la coronilla… y su frío, su gélido aliento entro por mi nariz, por mis ojos, por mis poros… por mis temerosos brazos… porque su cálido, su vibrante sonido cuajó mis nervios, erizó mis cabellos, se atoró en mi garganta: grito contenido, puertas del aliento que se cierran presurosas, para evitar la embestida fatal…

Porque en ese instante único, hijo bendito de la ocasión, la necesidad, la fortuna  y el destino, en un solo golpe llegaron a mí toda la muerte de un desconocido de 37 años, y toda la vida de un bebé de 7 días…

Presa del pasmo… del terror más profundo y de la esperanza más diáfana, supe que la vida y la muerte se habían dado cita para confrontar al filósofo… sentí sus manos tirando de mi existencia y sus palabras milagrosas y malditas: ¡vive como si fuese el último día! ¡muere, como si fuese el primero!

Me hablaron con gritos que erizan la piel y quiebran el diálogo interior. Me hablaron con silencio y llanto. Me hablaron con sangre y sol… Me hablaron con un caer a la muerte desde un quinto piso, y como un caer a la vida después a los nueve meses y siete días…

Y el filósofo se quedó ahí, interpelado por el profundo misterio de la existencia, entendiendo que la vida empieza con una corriente eléctrica que corre por la nuca, y termina como una corriente eléctrica que por la nuca se va…

Y salí de mi cuerpo, y salí del tiempo, y salí del espacio… No estaba más, era un trozo de divinidad, un pensamiento del universo, reconociéndose, sintíendose, temblando…

Y entendí que Dios es un sobrecogimiento que se extiende, de las profundidades de la tierra, a las profundidades del infinito…

El bebé dejó de llorar, la sangre fue lavada con lejía… y el filósofo se fue pensando, se fue sintiendo, se fue llorando, se fue riendo…agradeciendo poder sentir, en un solo momento, el poder inaudito de la vida y la muerte, librando un combate sangriento, agónico y mortal… por su alma…

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El guerrero es libre, fluido e imprevisible

Víctor Alejandro Polanco Frías

El Estratega

La libertad implica que no te atas ni te entregas a nada. No eres, entonces, un socio voluntario. No estás desesperado. Nunca te dejas dominar por la impaciencia y el deseo. Libertad es vivir con una pasión silenciosa. Es ser y no ser al mismo tiempo.

La fluidez, más que un atributo o disposición, es un estado de ser. Es no oponerse a nada. Es saltar o rodear los muros en vez de

Es cambiar de forma y táctica cuando así lo amerite la situación. Mudar de apariencia. Mimetizarse con el entorno.

También consiste en confiar en tu poder personal, estar al máximo y mantener lustradas y afiladas tus aristas cortantes. Es saber cortar cabezas con el escudo, defenderte con la espada, y permanecer impasible observando, a buen resguardo, el vuelo de las saetas.

Con el flujo vienen la vida y el cambio constante de lugar. No seas un monumento: fijo y anquilosado; sino agua y  viento. Fluye lo que es ligero, informe, veloz, dinámico. Para fluir hay que dominar el ciclo y la línea. Hay que estar un paso delante de los cambios. Ver, en fin, el tiempo que llega.

Lo imprevisible se opone a lo rutinario. Es sorpresa y astucia. Empieza por seleccionar la vuelta justa del camino. Sigue con una deliberación táctica y estratégica. Culmina con un movimiento súbito, inesperado, sorprendente… aniquilador.

El arte de ser imprevisible está emparentado sobre manera con la sorpresa. Entonces, es pertinente construir un manto de estabilidad. Un velo de acechador. Que cubra tu esencia, y que encante a los que te observan con la apariencia que pretendes dar.

Debajo de ese velo, el guerrero se encuentra atento y la máximo de su tensión, en espera del momento justo para dejarse ir con todo su poder, brío y pasión. Nada lo detendrá. Su ataque será, entonces, como el descenso de un rayo: veloz, inesperado, poderoso y letal.

El “Radio Corto”; política de la cotidianidad

Víctor Alejandro Polanco Frías
El Estratega

En mi país hoy todo es “política”. Es lógico, acabamos de transitar por un proceso electoral que, como suele suceder en el México contemporáneo, ha estado plagado de opacidades. Siento a mi gente enojada, triste, abatida o en pie de guerra… Siento a mi gente incrédula, anonadada, sorprendida y resignada ante el resultado de la contienda electoral. Siento a mi gente dividida, tanto interna como externamente. Me duele esta situación.

En estos días grises todo mundo se ha erigido como politólogo profesional. Todo mundo es un luchador incansable por la democracia y la justicia. Todo mundo se siente autorizado y legitimado para corregirle la nota a los comentarios, opiniones o perspectivas de los demás.

La conversación colectiva se ve literalmente anegada por críticas mordaces, ataques con tintes fascistoides, descalificaciones y sátiras lúcidas, insípidas o decididamente torpes. La violencia que se agita en nuestros espíritus encuentra rápido la vía franca, la corta distancia, el estrecho y tenebroso sendero de la maldición. Hoy México es una nación que Maldice.

Pero incluso la discordia más punzante encuentra su remanso en el tiempo. En México el mayor pacificador se llama olvido y la miseria más punzante: normalidad y tradición. Yo conozco el poder del tiempo, que todo lo disuelve, que todo lo borra, que todo lo devora…

La cotidianidad se alimenta ya con los furores revolucionarios, y día con día les menguará su fuerza, hasta reducirlos a un desdibujado recuerdo… a una muesca en la memoria… al motivo de una nostalgia que nos convencerá, nuevamente, de que el pasado siempre fue mejor…

Al final de la jornada, el peor de los resultados será el que resulte triunfador: todo volverá a la “normalidad”.

Para esos días, en los que la sangre se haya asentado; en los que los estudiantes regresen a sus escuelas; los funcionarios a su buró; los comunicadores a sus telenovelas; y el hombre de la calle se siente nuevamente frente a Catedral, intentando encontrar un trabajo honrado… para esos días donde el tiempo y el olvido hayan apagado las hogueras y los tambores de guerra,  cundo ya nadie se acuerde de los fraudes y las componendas, de las marchas y los mítines, de la imagen falaz y la palabra envenenada, para esos días son estas palabras…

La política más efectiva es la que se ejerce en el “Radio Corto”.  Entre los seres amados, amigos y vecinos con los que compartimos esas, nuestras breves horas.  La política más cierta, como arte de vivir y convivir en la ciudad; como colaboración y mutua interpenetración; como estrategia colectiva para la supervivencia ante los embates de un medio agreste… esa política, la que no se distingue de la ética, porque en el carácter y en las acciones de los ciudadanos encuentra su punto de emergencia y expresión… esa política que no se realiza cada seis años, sino cada seis segundos… esa política, la que no se registra en boletas, sino en vivencias… la que no se mide mediante complicadas estadísticas y sondeos, sino a través del reconocimiento y el cariño… esa política, mis valientes lectores, es la que estamos llamados a ejercer.

Amiga, Amigo… de nada sirve que marches por las calles para reclamar justicia, si en tu casa eres artífice o víctima de la tiranía. Que luches porque la gente del campo tenga alimento, mientras que permites que tus seres amados se queden sin pan, alentado por una retorcida idea de igualdad, equidad y justicia. De nada sirve, amiga, amigo, que gastes el concreto de Reforma, si no eres capaz de respetar, entre tus seres amados, los mismos derechos que al gobierno le demandas. Si eres sabio entenderás que el acto cotidiano crea cultura indestructible, mientras que la marcha de coyuntura y ocasión solo deja, como un dedo que atraviesa la superficie del agua, un poco de espuma que no habrá de durar.

De nada sirven los cantos y los panfletos si día con día te sometes ante los abusos de tus empleadores, si participas en circuitos sacrificiales, si boicoteas, vilipendias, sobajas, lastimas a tus compañeros. De nada sirve la hermandad y el valor frente a los granaderos, si cuando estás  ante tus jefes, capataces, empleadores, dirigentes, gerentes, gerontes y geruntos no haces más que temer, temblar y sudar. Si te vuelves enteramente dócil. Si permites que se coman tu energía, tu tiempo, tu vida, tu juventud… Créeme, con el pasar de los años te darás cuenta de que tu cobardía laboral es mil veces más dolorosa y destructora que un toletazo. Todo aquel que malgaste tu tiempo, que es tu vida, merece ser enfrentado con rebeldía…

De nada sirve usar las Redes Sociales, si las empleas como una vía franca al ataque, la maldición, el sarcasmo barato y el más sucio de los chismorreos… si llenas la imaginación de tus lectores y seguidores con imágenes violentas, sanguinarias, descontextualizadas… con torpes y denigrantes metáforas… con la impresión de que este mundo es una mierda gigantesca.

(Yo agradezco el esfuerzo por informar, por compartir, pero les pido de todo corazón que no llenen mi imaginación con horribles descuartizamientos, con mutilaciones, con enfrentamientos. Sé que existen, lucho cada día por impedirlos, pero no tengo por qué soportar en mi alma las cien mil atrocidades que se verifican en este mundo cotidianamente. Si quieren informarme de algo, que sea de que sus novias los aman, de que sus abuelitas recuperaron la salud, de que alcanzaron una meta laboral y educativa, de que hoy decidieron, ante todo, seguir adelante. Esa es la información que quisiera leer cada día… esa es la información que me hace fuerte. Esa es la información que resulta útil y poderosa en el “Radio Corto”).

Hoy, cuando todos hablan de revoluciones colectivas, les recuerdo que no quieren abandonar su auto para usar el transporte público. Que prefieren gastar miles de pesos en un bolso, en un reloj, en un traje… en vez de ayudarles a sus ancianos padres, a los hermanos que la pasan difícil…  al amigo que tiene carita de hambre, porque otra vez no comió.

Los he visto leer poesía… qué esperan para hacerlo todo los días en sus barrios y unidades. Por qué aguardar a que estén las cámaras… por qué esperar a que su lectura tome un tinte valeroso, audaz, desafiante… Leer poesía en público (como lo hace todo el tiempo mi queridísimo Canuto), ¡vamos!, leer en voz alta, contar un cuento, platicar una idea, trazar con ella novedosos horizontes, así, sin cámaras, discretamente, ente amigos, familiares, colegas y vecinos, ese sí que es un acto revolucionario. Es un acto educativo y formativo. Con implicaciones sociales, culturales, políticas y éticas. Eso sí es desafiar al mundo…

Y por qué no aprovechan las reuniones para transferirse conocimientos y tecnologías. Sería genial, en vez de marcha contra de x o y… ¡Ven!, compartamos saberes, opiniones, trabajos, artes, cultura… Organicemos un curso de pintura, otro de jardinería, uno más de sociología del consumo… Que Juan nos enseñe a tocar la guitarra, y Pedro a pagar menos impuestos… Que los del Poli nos den clases de mate, y los de la Unam de filosofía. Yo podría dar Marketing de Guerrilla, y pasarles al costo algunos de los secretos que usan los políticos para “dormirnos”. Porque todos sabemos hacer algo, porque saber es poder y necesitamos poder más… todos los días.

A los partidarios recalcitrantes de “Pepeslavia” o de la “República de los Cocos”, a los “Verdes” o a los “Colorados”, es momento de hacerles ver su actitud intolerante, violenta, fanática y demagógica. Sordos, Ciegos, Bocones a más no poder, y tontos entre los tontos, no escuchan, no dialogan, no comparten, sólo excretan por la boca… sólo excretan las mismas ideas, las imágenes diseñadas, los rumores calibrados, la verborrea científicamente estructurada por los partidos y los medios y los “líderes de opinión”.

A todos ustedes, los invito a crear sus propias ideas, a informarse, a no limitarse a repetir la “píldora”. Se quejan de los medios masivos de comunicación, sin poder reconocer que el mayor de ellos es el “boca a boca”, la conversación colectiva, la que entra hasta nuestras mesas y alcobas… y ustedes, con su petulancia, su vanidad, su arrogancia y su discurso mesiánico la llenan con un ruido inservible, que impide avanzar en la comprensión de cómo queremos organizarnos para vivir en conjunto.

La política del “Radio Corto” tiene que ver con nuestras elecciones como consumidores. Pero de verdad, todos los días. No sólo cuando alguien llama al boicot….  Esos llamados no son escuchados, no por falta de compromiso o consciencia, sino por falta de hábito… hay que ser responsables siempre con nuestro consumo, para poder hacerlo cuando se trate de apoyar una causa. Por favor, entérese de que sus poderosos tenis son manufacturados por esclavos; que la basura tóxica de su flamante celular envenena la sangre y el agua de muchas comunidades; que su bolsa o su cartera son manufacturadas por hombres y mujeres que viven recluidos en un barco, por hombres y mujeres que muy probablemente no volverán a ver la luz…

Mire, además, quién empaca sus compras… Sí, son nuestros abuelos, son nuestros  maestros, nuestros futuros…  Que bueno que tengan una oportunidad laboral… que amargo que nuestra sociedad haga eso con quienes han dejado su vida en la construcción del mundo que ahora nosotros habitamos…

Nos quejamos de la gran corrupción… no prestamos atención a la pequeña tranza… a la miseria de prestar servicios sin contar con los conocimientos y las habilidades necesarias… Aunque no lo creas, cada vez que copias en un examen, o dejas que el tonto de siempre te haga la tarea, tú también te estás robando la elección… Es muy fácil acusar el desvío de fondos, y gastarte la beca en la cervecería… Es muy fácil criticar la estupidez y mediocridad de nuestros políticos, y hacerte de la vista gorda con la gris medianía de tu formación personal y profesional…

Hoy todo México se ríe de un presidente que no lee… No debemos seguir escupiéndole al cielo…

La política cotidiana, la del “Radio Corto”, es una poderosa apuesta por la lenta transformación de nuestros pensamientos, sentimientos, hábitos y creencias. Demanda un compromiso tan vital como implacable, y a la larga, entrega los frutos más dulces de la vida en común.  Yo sé que hoy es tiempo de marchas y manifestaciones. De gritos y ánimos encendidos. Ya vendrá el olvido, ya vendrá la vida a devorar nuestras revolucionarias pasiones. Ya vendrán las responsabilidades a comerse nuestra energía y tiempo. Pero si te comprometes a luchar cada día… si cada día haces la diferencia… si aplicas tus ideales, todos ellos, en el pequeño  ámbito de nuestras posibilidades reales… en el Radio Corto de nuestra existencia… si fortaleces a tus seres amados… si los acompañas… si vives en la belleza y la justicia… si eres coherente e íntegro… entonces el cambio será imparable, emocionante, duradero…

Porque si bien es cierto que a toda primavera le sigue un verano, también lo es que, como alguna vez lo mentara Aristóteles, al verano no lo hace una sola golondrina…

 

Tramar el Cambio

Víctor Alejandro Polanco Frías
El Estratega

Cuenta la leyenda que los antiguos tejedores de alfombras del enigmático Oriente solían tramar imperfecciones en los ensortijados patrones de sus diseños. Situación que no tendría nada de particular, si no fuera porque, según narran las leyendas transmitidas de generación en generación, lo hacía a sabiendas y con una intención mágica.

Para entender la trascendencia y significado de lo anterior, tenemos que tratar de hacer contacto, a miles de años de distancia, con algunos de los aspectos implicados con el antiguo arte de tejer alfombras.

Podemos imaginar, como entre sueños, el milagroso momento en que una mujer o un hombre obtuvieron, al entrelazar ramas, cortezas o raíces, el primer nudo. Unión estable y duradera entre dos materias que hasta antes de ser intervenidas por el ser humano -su ingenio, arte e  industria-, se encontraban completamente desligadas entre sí.

Al nudo le siguió la trama; a la trama, la malla; y tal vez más pronto de lo que podemos contarlo, aquellos antepasados nuestros tuvieron redes portadoras, canastos y lienzos.  Útiles que les permitieron  transformar su manera de sortear la existencia y, lo que es más importante aún, ir más allá de su vida individual, al eternizar su legado mediante la cultura, el arte y, ciertamente, la imaginación.

De tal forma que los secretos de la técnica también sirvieron como un poderoso vínculo entre generaciones de seres humanos que, unidos por la sangre y la tradición, transmitieron y perfeccionaron los procedimientos; experimentaron con nuevos materiales; e imaginaron y aprendieron a dibujar intrincados patrones a partir del aparentemente sencillo acto de anudar hilos.

Más pronto que tarde, podemos suponer, los integrantes de los primeros grupos humanos consideraron a las y los tejedores como verdaderos magos y maestros de la existencia. Puesto que de la misma forma en que el tejido inicia por la unión de dos hilos, la vida es el resultado del vínculo entre dos seres o hebras individuales. A partir de este primer nudo, nuestra existencia consiste en la integración de experiencias y vivencias que, en sus primeros momentos, no permiten reconocer un diseño particular; pero que, a la larga, nos dejan observar que de la unión entre colores y anudamientos surgen complejas figuras. Se puede ver, entonces, cómo se entrelazan el ser y el destino.

En el tejido de las alfombras, como en el tejido de nuestra vida, se puede notar el cuidado, la concentración y la intención del artífice.

Por ejemplo, los antiguos tejedores del Oriente sabían muy bien que sí tejían un tapete estando enojados, el resultado no sólo sería una pieza desagradable, poco duradera y escasamente útil; sino que aquel infortunado que la adquiriera y la colocara en su hogar, pronto experimentaría la misma ira que mágicamente había transmitido el tejedor a su obra. Lo mismo pasaba con sentimientos como la tristeza y la alegría; con sensaciones como el temor, la ansiedad y la sensualidad; y con pensamientos sobre asuntos como la riqueza, la pobreza y la traición.

De esta manera, si los tejedores no vigilaban constantemente su estado espiritual al momento de obrar, podían traerle verdaderas calamidades a sus clientes y al mundo en general.

En sentido contrario, había verdaderos Maestros de la Magia y el Tejido que introducían en sus piezas increíbles poderes y virtudes. De ahí el origen de las conocidas leyendas sobre alfombras voladoras, tapetes parlantes y tejidos capaces de conducir al éxtasis erótico o a la trascendencia espiritual. Mantos capaces de otorgar el don de la invisibilidad a sus portadores y capas con el poder de transformar en cualquier animal o cosa a quien  las vistiera.

Semejante maestría en el Arte de Tramar pronto se tradujo en la creación de exquisitas piezas; armónicas en su diseño y colorido, capaces de resistir cientos de años, e impecablemente tejidas.

Ante semejante maestría en el manejo de la técnica, cuesta trabajo comprender el por qué de la práctica consistente en introducir errores en el tejido en forma deliberada.

¿Cuál fue la secreta reflexión que condujo a estos insuperables artesanos a dañar la integridad de su obra?

¿Cuál era el sentido mágico de esta incomprensible forma de actuar?

Al darse cuenta de que sus pensamientos, sueños, ilusiones, fantasías y emociones quedaban plasmados en el tejido, y que cuando éste era concluido quedaban literalmente encerrados en él para siempre, los artesanos llegaron a la conclusión de que sus obras tenían la cualidad de apresar el espíritu de su autor y fijarlo en la materia.

Aterrados por semejante descubrimiento, primero optaron por abandonar su oficio. No obstante, la sabiduría obtenida a través del mismo arte que ahora rechazaban le permitió reconocer que lo mismo sucedía con el resto de las actividades realizadas por el hombre. Cada vez que alguien alcanzaba la perfección en sus obras, irremediablemente perdía un trozo de alma para siempre.

Colocados en una encrucijada decisiva, repararon en el hecho de que si optaban por hacer sus tejidos en forma descuidada, su alma terminaría por lucir tan deshilachada y fea como las alfombras resultantes.

Por otra parte, si seguían empeñados en alcanzar la perfección, irían perdiendo la fuerza de su alma y espíritu, hasta convertirse en algo más que muertos vivientes.

Por último, si optaban por abandonar el arte, dejarían perderse entre las arenas del olvido y el tiempo las inestimables enseñanzas que les habían legado sus antepasados. Y si todos los hombres hicieran lo mismo con sus respectivos artes, oficios y actividades, el conjunto de los seres humanos no tardaría en regresar a las cavernas y a las ramas, a vivir nuevamente aprisionados por la ansiedad  y la inconsciencia.

Tras mucho pensarlo, el más anciano y sabio de los tejedores reparó en el hecho de que la regularidad de las estaciones a veces se veía interrumpida por un chubasco, una helada o una sequía. También reconoció que en el firmamento algunos astros inexplicablemente perdían el rumbo o misteriosamente desaparecían. ¡Vamos!, que el Sol mismo era eclipsado cuando, a medio día, tenía amores con la Luna.

Pensando en esto, y en asuntos misteriosamente irregulares -y también misteriosamente bellos-, como los diferentes tonos que puede tener la piel de una sola mujer; la forma, el tamaño y la textura de los lunares; el largo de los dedos de los pies; y en los niños que nacen antes o después de tiempo, aquél venerable maestro entendió que la vida sólo es posible cuando en medio de la armonía universal emerge un pequeño error. El contrapunto que le da belleza a la melodía, el sabor que modifica el platillo y el detalle capaz de arrancar una sonrisa o una lágrima.

Comprendió que aquello que alcanza la perfección se vuelve estático, cerrado, completo en sí mismo y, ciertamente,  deja de vivir. Alcanza la eternidad que es la muerte y renuncia al breve momento de la vida y el ser.

Ya no aprende, ya no crece, ya no cambia…

no lo volverá a hacer jamás.

Así que, humildemente, reconoció que de la misma manera en que un nudo está formado por dos hilos, la vida del hombre se anuda entre su deseo de inmortalidad y perfección, y su naturaleza finita, imperfecta y cambiante. Del  tejido que resulta de la interacción  entre ambas cuerdas están hechas nuestras horas… siempre aspirando a trascender el tiempo y el espacio; e irremediablemente atados durante los días de nuestra vida a la conciencia de la finitud y la brevedad.

A partir de ese día, él y todos los grandes tejedores que han existido trabajan incansablemente por volcar en sus obrajes los sentimientos más sublimes, la concentración más refinada y los sueños más hermosos.

En un momento que nadie puede definir a ciencia cierta, cierran sus ojos y le dan gracias al infinito por la increíble aventura de sus vidas, por la indescriptible belleza de la tierra y por todo el amor de que han sido capaces…

Y así, con los ojos cerrados, cierran el nudo con el que renuncian a la perfección y le dan una nueva oportunidad al cambio y a la vida…

¿Te gustaría aprender a crear, contar y encantar con historias?

Espera muy pronto nuestros talleres de narración como herramienta para el fortalecimiento personal y medicina del alma.

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