La muerte, el llanto y el filósofo…

Víctor Alejandro Polanco Frías
El Estratega

Pocas cosas en la vida son tan sobrecogedoras como la muerte… Pocas cosas en la muerte son tan sobrecogedoras como la vida…

Recordamos velorios familiares, tumbas abandonadas y fotos terribles en los diarios amarillos…

Pero nada te prepara para encontrar, derramada en las escaleras de tu hogar, la muerte misma que se ha hecho sangre, veladoras, silencio…

Un silencio profundo, una visión aterradora, un detenerse del tiempo, un implotar del espacio…

Y ahí está, sangre cuajada y negra, confrontándote… La noche del ser, el último aliento, el sordo lamento de quien se fue antes de tiempo, antes de reparar en  que una sombra colgaba de sus pasos…

Nada supe, nada oí, ni gritos ni llantos. Ni el murmullo sobrecogido de los vecinos…  ni las sirenas… ni el lastimero adiós que saben dar los perros…

Pero ese día, a esa hora solar, la muerte me esperaba como novia inquieta, como maestro aplicado, como revelación y enigma…

No, nada pudo prepararme para ver su crudo rostro bermejo… Nada pudo prepararme, porque en el momento mismo en que supe su presencia,un bebé recién nacido profirió el más agónico, el más vital grito de vida y guerra…

Y no supe más de mí, porque el tiempo se volvió tremor… porque las piernas me flaqueron, porque una corriente eléctrica recorrió mi espina, desde los talones a la coronilla… y su frío, su gélido aliento entro por mi nariz, por mis ojos, por mis poros… por mis temerosos brazos… porque su cálido, su vibrante sonido cuajó mis nervios, erizó mis cabellos, se atoró en mi garganta: grito contenido, puertas del aliento que se cierran presurosas, para evitar la embestida fatal…

Porque en ese instante único, hijo bendito de la ocasión, la necesidad, la fortuna  y el destino, en un solo golpe llegaron a mí toda la muerte de un desconocido de 37 años, y toda la vida de un bebé de 7 días…

Presa del pasmo… del terror más profundo y de la esperanza más diáfana, supe que la vida y la muerte se habían dado cita para confrontar al filósofo… sentí sus manos tirando de mi existencia y sus palabras milagrosas y malditas: ¡vive como si fuese el último día! ¡muere, como si fuese el primero!

Me hablaron con gritos que erizan la piel y quiebran el diálogo interior. Me hablaron con silencio y llanto. Me hablaron con sangre y sol… Me hablaron con un caer a la muerte desde un quinto piso, y como un caer a la vida después a los nueve meses y siete días…

Y el filósofo se quedó ahí, interpelado por el profundo misterio de la existencia, entendiendo que la vida empieza con una corriente eléctrica que corre por la nuca, y termina como una corriente eléctrica que por la nuca se va…

Y salí de mi cuerpo, y salí del tiempo, y salí del espacio… No estaba más, era un trozo de divinidad, un pensamiento del universo, reconociéndose, sintíendose, temblando…

Y entendí que Dios es un sobrecogimiento que se extiende, de las profundidades de la tierra, a las profundidades del infinito…

El bebé dejó de llorar, la sangre fue lavada con lejía… y el filósofo se fue pensando, se fue sintiendo, se fue llorando, se fue riendo…agradeciendo poder sentir, en un solo momento, el poder inaudito de la vida y la muerte, librando un combate sangriento, agónico y mortal… por su alma…

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Tramar el Cambio

Víctor Alejandro Polanco Frías
El Estratega

Cuenta la leyenda que los antiguos tejedores de alfombras del enigmático Oriente solían tramar imperfecciones en los ensortijados patrones de sus diseños. Situación que no tendría nada de particular, si no fuera porque, según narran las leyendas transmitidas de generación en generación, lo hacía a sabiendas y con una intención mágica.

Para entender la trascendencia y significado de lo anterior, tenemos que tratar de hacer contacto, a miles de años de distancia, con algunos de los aspectos implicados con el antiguo arte de tejer alfombras.

Podemos imaginar, como entre sueños, el milagroso momento en que una mujer o un hombre obtuvieron, al entrelazar ramas, cortezas o raíces, el primer nudo. Unión estable y duradera entre dos materias que hasta antes de ser intervenidas por el ser humano -su ingenio, arte e  industria-, se encontraban completamente desligadas entre sí.

Al nudo le siguió la trama; a la trama, la malla; y tal vez más pronto de lo que podemos contarlo, aquellos antepasados nuestros tuvieron redes portadoras, canastos y lienzos.  Útiles que les permitieron  transformar su manera de sortear la existencia y, lo que es más importante aún, ir más allá de su vida individual, al eternizar su legado mediante la cultura, el arte y, ciertamente, la imaginación.

De tal forma que los secretos de la técnica también sirvieron como un poderoso vínculo entre generaciones de seres humanos que, unidos por la sangre y la tradición, transmitieron y perfeccionaron los procedimientos; experimentaron con nuevos materiales; e imaginaron y aprendieron a dibujar intrincados patrones a partir del aparentemente sencillo acto de anudar hilos.

Más pronto que tarde, podemos suponer, los integrantes de los primeros grupos humanos consideraron a las y los tejedores como verdaderos magos y maestros de la existencia. Puesto que de la misma forma en que el tejido inicia por la unión de dos hilos, la vida es el resultado del vínculo entre dos seres o hebras individuales. A partir de este primer nudo, nuestra existencia consiste en la integración de experiencias y vivencias que, en sus primeros momentos, no permiten reconocer un diseño particular; pero que, a la larga, nos dejan observar que de la unión entre colores y anudamientos surgen complejas figuras. Se puede ver, entonces, cómo se entrelazan el ser y el destino.

En el tejido de las alfombras, como en el tejido de nuestra vida, se puede notar el cuidado, la concentración y la intención del artífice.

Por ejemplo, los antiguos tejedores del Oriente sabían muy bien que sí tejían un tapete estando enojados, el resultado no sólo sería una pieza desagradable, poco duradera y escasamente útil; sino que aquel infortunado que la adquiriera y la colocara en su hogar, pronto experimentaría la misma ira que mágicamente había transmitido el tejedor a su obra. Lo mismo pasaba con sentimientos como la tristeza y la alegría; con sensaciones como el temor, la ansiedad y la sensualidad; y con pensamientos sobre asuntos como la riqueza, la pobreza y la traición.

De esta manera, si los tejedores no vigilaban constantemente su estado espiritual al momento de obrar, podían traerle verdaderas calamidades a sus clientes y al mundo en general.

En sentido contrario, había verdaderos Maestros de la Magia y el Tejido que introducían en sus piezas increíbles poderes y virtudes. De ahí el origen de las conocidas leyendas sobre alfombras voladoras, tapetes parlantes y tejidos capaces de conducir al éxtasis erótico o a la trascendencia espiritual. Mantos capaces de otorgar el don de la invisibilidad a sus portadores y capas con el poder de transformar en cualquier animal o cosa a quien  las vistiera.

Semejante maestría en el Arte de Tramar pronto se tradujo en la creación de exquisitas piezas; armónicas en su diseño y colorido, capaces de resistir cientos de años, e impecablemente tejidas.

Ante semejante maestría en el manejo de la técnica, cuesta trabajo comprender el por qué de la práctica consistente en introducir errores en el tejido en forma deliberada.

¿Cuál fue la secreta reflexión que condujo a estos insuperables artesanos a dañar la integridad de su obra?

¿Cuál era el sentido mágico de esta incomprensible forma de actuar?

Al darse cuenta de que sus pensamientos, sueños, ilusiones, fantasías y emociones quedaban plasmados en el tejido, y que cuando éste era concluido quedaban literalmente encerrados en él para siempre, los artesanos llegaron a la conclusión de que sus obras tenían la cualidad de apresar el espíritu de su autor y fijarlo en la materia.

Aterrados por semejante descubrimiento, primero optaron por abandonar su oficio. No obstante, la sabiduría obtenida a través del mismo arte que ahora rechazaban le permitió reconocer que lo mismo sucedía con el resto de las actividades realizadas por el hombre. Cada vez que alguien alcanzaba la perfección en sus obras, irremediablemente perdía un trozo de alma para siempre.

Colocados en una encrucijada decisiva, repararon en el hecho de que si optaban por hacer sus tejidos en forma descuidada, su alma terminaría por lucir tan deshilachada y fea como las alfombras resultantes.

Por otra parte, si seguían empeñados en alcanzar la perfección, irían perdiendo la fuerza de su alma y espíritu, hasta convertirse en algo más que muertos vivientes.

Por último, si optaban por abandonar el arte, dejarían perderse entre las arenas del olvido y el tiempo las inestimables enseñanzas que les habían legado sus antepasados. Y si todos los hombres hicieran lo mismo con sus respectivos artes, oficios y actividades, el conjunto de los seres humanos no tardaría en regresar a las cavernas y a las ramas, a vivir nuevamente aprisionados por la ansiedad  y la inconsciencia.

Tras mucho pensarlo, el más anciano y sabio de los tejedores reparó en el hecho de que la regularidad de las estaciones a veces se veía interrumpida por un chubasco, una helada o una sequía. También reconoció que en el firmamento algunos astros inexplicablemente perdían el rumbo o misteriosamente desaparecían. ¡Vamos!, que el Sol mismo era eclipsado cuando, a medio día, tenía amores con la Luna.

Pensando en esto, y en asuntos misteriosamente irregulares -y también misteriosamente bellos-, como los diferentes tonos que puede tener la piel de una sola mujer; la forma, el tamaño y la textura de los lunares; el largo de los dedos de los pies; y en los niños que nacen antes o después de tiempo, aquél venerable maestro entendió que la vida sólo es posible cuando en medio de la armonía universal emerge un pequeño error. El contrapunto que le da belleza a la melodía, el sabor que modifica el platillo y el detalle capaz de arrancar una sonrisa o una lágrima.

Comprendió que aquello que alcanza la perfección se vuelve estático, cerrado, completo en sí mismo y, ciertamente,  deja de vivir. Alcanza la eternidad que es la muerte y renuncia al breve momento de la vida y el ser.

Ya no aprende, ya no crece, ya no cambia…

no lo volverá a hacer jamás.

Así que, humildemente, reconoció que de la misma manera en que un nudo está formado por dos hilos, la vida del hombre se anuda entre su deseo de inmortalidad y perfección, y su naturaleza finita, imperfecta y cambiante. Del  tejido que resulta de la interacción  entre ambas cuerdas están hechas nuestras horas… siempre aspirando a trascender el tiempo y el espacio; e irremediablemente atados durante los días de nuestra vida a la conciencia de la finitud y la brevedad.

A partir de ese día, él y todos los grandes tejedores que han existido trabajan incansablemente por volcar en sus obrajes los sentimientos más sublimes, la concentración más refinada y los sueños más hermosos.

En un momento que nadie puede definir a ciencia cierta, cierran sus ojos y le dan gracias al infinito por la increíble aventura de sus vidas, por la indescriptible belleza de la tierra y por todo el amor de que han sido capaces…

Y así, con los ojos cerrados, cierran el nudo con el que renuncian a la perfección y le dan una nueva oportunidad al cambio y a la vida…

¿Te gustaría aprender a crear, contar y encantar con historias?

Espera muy pronto nuestros talleres de narración como herramienta para el fortalecimiento personal y medicina del alma.

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