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Despaciosidad

Víctor Alejandro Polanco Frías
El Estratega

Quién no es dueño de su tiempo, no es dueño de su libertad. Esta sencilla frase tiene un descomunal potencial subversivo, porque sitúa al que la escucha en el centro mismo de una de las mayores encrucijadas existenciales a las que nos enfrentamos los seres efímeros: la brevedad de la vida y el misterio de la muerte.

Para alguien que lleva más de 20 años navegando en una temporalidad paralela a la común, resulta relativamente fácil tomar este proyectil y lanzarlo al corazón de quienes han entregado su tiempo, de lunes a sábado, de enero a diciembre, del alba al ocaso,  a una empresa, a una institución, a una organización civil, al vértigo de la ciudad…

tiempo-vuelaEl término es justo: “entregar el tiempo”. Que, de acuerdo con la frase que abre esta conversación, equivale –en verdad siento mucho decirles esto-, a entregar la libertad. Con el tiempo y la libertad se van, también, la energía, los sueños, el sentido y las mismísimas ganas de vivir. La existencia es experimentada como el vertiginoso y repetitivo descenso por un insólito tobogán, que habrá de terminar, lo tengamos en cuenta o no, con nuestra muerte.

A mí muchas veces me acusan de perder el tiempo. No obstante, lo que en realidad hago –auténtico ejercicio espiritual-, es encontrarlo. Para poder practicar este arte, lo primero que debe hacer uno es darse cuenta de que todo lo que somos es una incierta suma de instantes. Y que cada vez que entregamos uno de esos instantes a nuestro trabajo, a las compras, a salir de casa o a mirar la televisión, estamos haciendo una inversión que no regresará jamás. En cada instante se nos va la vida y, de hecho, cada instante puede ser el último, el definitivo, en que la vida, nuestra vida, termine, irremediablemente, por agotarse.

De la misma manera, cada instante que le regalamos a la frustración, al enojo, a la depresión, al miedo, a la envidia o a la discordia, es un lapso gastado en vano. Es una resta en la experiencia y, ciertamente, en la vida.

Cada vez que nos arrepentimos; de hecho matamos al tiempo vivido. Cada vez que nos petrificamos; asfixiamos al tiempo que vendrá. Cada vez que no estamos atentos; perdemos la pequeña ventana que conduce al ser. La pequeña ventana por donde podrían tomarnos por venturoso asalto todas las maravillas.

Una característica del tiempo es su fluir. El agua de la vida que inevitablemente se escurre entre nuestras manos. No podemos pensar en acumularlo, pues tal empresa sería tan inútil como insensata.

Si reparamos en la relación que establecemos con las cosas que fluyen, por ejemplo los elementos, nos daremos cuenta de que nos informan de su paso a través de sensaciones. El viento y el agua nos acarician. El fuego y la tierra dejan las rutas de su transitar grabadas sobre nuestra piel.

Lo mismo hace el tiempo en su fluir, aunque pocas veces tengamos la atención necesaria para notarlo. Esas arrugas que tanto tememos, las heridas que secretamente padece nuestra alma, las alegrías que desearíamos volver eternas, las memorias, la destreza, la sabiduría acumulada y la forma como miramos al mundo son, todas, hijas del tiempo. Están hechas de tiempo y no habrán de durar.

El tiempo, como los elementos, nos informa de su paso a través de sensaciones, emociones, ideas, creencias, esperanzas e intensidad. Transforma nuestro cuerpo y nuestra conducta. Deja su tinta sobre nuestros afectos y pasiones. Deja la estela de nuestro transitar en el paisaje, en los espacios, en la memoria y en los corazones.

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Una manera sabia de tratar con el tiempo es la despaciosidad. Actitud o disposición de ánimo que rebasa por mucho el empeño por vivir en forma lenta. Por curarnos del vértigo. Por salir del ritmo impuesto por nuestra desquiciada ciudad.

La despaciosidad se finca en el establecimiento de un lazo erótico con la existencia. Un vínculo mágico de amor con la vida. Una relación íntima y profunda con cada momento.

Ahí donde los demás sólo alcanzan a ver a alguien que come despacio, que camina lento, que se entretiene con el sabor de cada palabra, ahí, justo ahí, lo que sucede es una silenciosa historia de amor con la vida. Una historia llena de caricias que se entretienen, se estiran, se distienden. Una historia llena de intensidad y sabor. Una historia llena…

La despaciosidad es una red que nos permite, por instantes, experimentar la eternidad. Un tipo de eternidad que no se extiende longitudinalmente, sino existencialmente. Es la eternidad de lo intenso, de lo vibrante, de lo pleno.

Quien vive de prisa, frenético, apenas si registra desgarres de vivencia. Sus horas se ven consumidas por la ira o la tristeza, por discusiones y componendas infinitas. Por anhelos y deseos que nadie sabe de dónde vinieron, pero que, ciertamente, no los dejarán de fastidiar. En cambio, quien vive con despaciosidad acumula dimensiones de experiencia; que multiplican la profundidad y la intensidad de sus vivencias.

Si bebe un vaso con agua, no solamente satisface su sed; sino que se deleita con el color y la temperatura del recipiente. Presta atención a la música de las gotas;  siente el avance del frescor desde la lengua y hasta el centro mismo de su ser. Agradece tiernamente a la mano que le regala la bebida, y reconoce que ese es un vaso de agua único, hermoso, milagroso y ciertamente infinito.

Quien practica la despaciosidad se fascina con la manera en que camina la dueña de sus días. Deja que sus ojos vuelen con el vuelo de su vestido. Y mustio, permite que los ojos de su imaginación vuelen aun más lejos… Podría, lo sé de cierto, dar cuenta del largo y la suavidad de cada uno de sus cabellos. Remplaza el oxígeno por fragancia y aliento, por el aroma único de su espalda. Remoja sus labios y deja que la integridad de su ser, la totalidad de sus años, la multiplicación exponencial de los instantes intensamente vividos la besen por primera y última vez… una vez más.

Vivir despaciosamente es un arte de detalles, de tiento, de finura, de gusto, de minucia, de elegancia, de ritmo, de suavidad, de apertura, de curiosidad, de búsqueda, de imaginación, de filigrana, de inocencia, de juego, de ternura, de atención, de darse completa, intensamente y si reservas a la vida.

Toma un libro. Entretén tu mirada en su portada, acaricia sus páginas, embriágate con su aroma. Deja que tu alma ande lento por sus paisajes. Permite que se quede extasiada en esa frase, en esa imagen, en esa verdad. Mira como esa verdad la lleva fuera de este mundo, hasta los confines mismos del universo. Y atada al hilo de sus significados, de sus aprendizajes y agniciones, pídele que traiga consigo las nuevas constelaciones que habrán de iluminar la  bóveda de tus días.

Platica con el autor. Discute con él. Acuerda, conócelo, hazlo tu amigo, tu confidente, tu médico, tu guía, tu compañero de viaje. Deja que sus años y experiencias se sumen a los tuyos. Pronto te verás, gigante, con miles de años de edad, entre niños, a quienes tratarás tierna y comprensivamente.

Bebe un poco de café. Siente su calor, la forma en que se agarra a tu lengua. Paladéalo. Recíbelo poco a poco en tu garganta, en tu estómago. Levanta el rostro y sonríele a la persona con la que charlas. Mira la luz de sus ojos y el trabajo con que te comparte el sentir de su alma.

Escucha al viento, vuela hacia los árboles, respira… respira hondo para llenarte de infinito. Respira hondo mientras reconoces lo tristes que se ven esas pobres almas sombrías, que no saben, que no pueden, que no logran permanecer por mucho tiempo en sí mismas, en un solo lugar.

Si cocinas, concentra toda tu atención en cada movimiento. Sin prisa, sin premura, con cuidados infinitos. Conviértete en presencia pura. Escucha, huele, prueba, siente, recuerda y pon tu magia en cada condimento. Piensa que preparas la más deliciosa de las caricias, el beso más largo, dulce y picante… Date cuenta de que más que cocinar, haces el amor contigo mismo y con lo seres amados a quienes les entregas el producto más refinado de tu existencia.

Cada momento es un momento que puede ser intensamente vivido…  que puede ser recuperado. Invierte el orden de las cosas, ahora sé tú quien le robe tiempo al trabajo cotidiano. Hazlo tuyo al habitarlo con alegría. Conviértelo en realización, fortalecimiento, juego, gozo, satisfacción. Aun puedes elegir disfrutar lenta, parsimoniosamente, cada actividad. Ir más allá de las máscaras. Reconocer que tienes el poder y el valor necesarios para darle tus horas a tu más íntima vocación. Que no estás atado a un puesto, a una jerarquía, a un salario. Que no te definen ni el reloj, ni la eficiencia, ni los plazos fatales.  Que las emergencias y las prisas casi siempre son de otros, y que sólo si las haces tuyas serán capaces de devorar despiadadamente tus horas, tu libertad y tu vida.

La presencia, el famoso “aquí y ahora”, no es un estado de rezo o solemne comunión con la divinidad. No. Es una apasionada compenetración con todo lo que te rodea. Es un sentir y un ser al máximo. Es un darse y un nutrirse. Un amar y ser amado.

El arte de la despaciosidad es una vía franca al desarrollo espiritual, porque es capaz de permitirnos restablecer el contacto con ese gran mundo que nos nutre, traspasa y rodea.

Ahora, detente, reduce el ritmo, vuelve a acompasarte con tu corazón. Respira hondo. Cierra los ojos. Pon tus manos sobre tu pecho. Siente tu temperatura. Repliega toda tu energía al interior y reconoce, aunque sea por un solo instante, que vives.

Reconoce que Dios nos habla todo el tiempo, despaciosamente y desde el silencio, a través de la Belleza.

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